lunes, 12 de enero de 2015

La Deflación No Es El Enemigo: Es La DEUDA.

Es común y se da por hecho en el ámbito académico y de economistas que la deflación es el mayor enemigo de la economía.

El gran temor de la deflación lo provoca la distorsión que produce en el comportamiento de consumidores y empresas en sus decisiones de compra e inversión.

Las empresas, ante la imposibilidad de subir precios, ven mermados sus beneficios, y tienen entonces que reducir salarios, lo que se traduce en despidos masivos. A su vez, los consumidores, ante la previsión de futuras caídas de precios, retrasan sus decisiones de compra.

Esto genera un círculo vicioso de menor consumo, lo que supone mayor presión en los precios, que las empresas tendrán que seguir bajando.

Hasta aquí el argumento, muy extendido, del peligro de la deflación. Pero yo me pregunto: ¿tiene sentido este argumentario? ¿Los consumidores y las empresas, nos comportamos de veras así?

Los grandes peligros que en teoría suponen la deflación no son tales. Y os voy a decir por qué.

En primer lugar, si los costes de las empresas caen a la vez que los precios, los beneficios se mantienen. Y si los precios de los bienes caen, los consumidores podrán comprar más con el mismo dinero. Es decir: AUMENTA EL PODER ADQUISITIVO. Cuanto más caiga el precio más podemos comprar.

Las empresas están siempre buscando nuevas formas de reducir costes, para poder trasladar dicha reducción a los precios finales y así aumentar ventas. En una economía de mercado, las empresas compiten entre sí buscando ganar cuota de mercado a través de la reducción de precios.

Las empresas ganan más cuando los precios caen, y si lo piensas bien, hacer caer los precios es una estrategia comercial muy extendida: se publicita, se da a conocer, se comunica a diestro y siniestro. Estoy hablando de las REBAJAS. En rebajas el consumo aumenta, los consumidores compran más y las empresas también ganan más. Por eso las hacen. No tienen ninguna necesidad de bajar precios. Lo hacen porque el rédito por hacerlo es muy grande.



En cambio, cuando suben los precios, no lo dicen. Intentan esconderlo, que pase desapercibido para el consumidor. ¿Quién no ha comprobado alguna vez que la caja de cereales trae menos gramos de cereales?

Si realmente la subida de precios (la inflación) fuese buena, las empresas no tardarían en publicitarlo, en darlo a conocer. Por otra parte, ¿a quién no le alegra ver como baja el precio de la gasolina cada vez que va a llenar el depósito del coche?

El argumento a favor de la inflación va más relacionado con otros aspecto: el político.

La inflación erosiona el poder adquisitivo del dinero. Detrae capacidad de adquirir bienes y servicios por parte de los ciudadanos (sobre todo de las rentas más bajas) y se lo da a los gobiernos. Cuando un gobierno pide mucho dinero prestado, en un escenario inflacionario, le cuesta menos devolver lo que ha pedido. La inflación ayuda a que los políticos puedan pagar la ingente cantidad de deuda que generan sus despilfarros.

Es tan enorme el endeudamiento del mundo, sobre todo de Occidente, que sin inflación no es posible repagarla. Se pone así en evidencia la mala gestión política, que tiene mucha política y poca gestión.

El aumento de la productividad, el avance tecnológico, el desarrollo económico son todo procesos DEFLACIONARIOS. Y son las bajadas de precios, no las subidas, las que permiten a más y más personas acceder a los bienes y servicios.

Es por ello que el gran enemigo público no es la deflación, sino la DEUDA, que es la causante de que se acuda a la inflación para repagarla.

Tenemos que exigir como ciudadanos, a nuestros dirigentes, la honrada y eficaz gestión de los recursos públicos; y nosotros asumir la responsabilidad de ser dueños de nuestras propias vidas y no esperarlo todo del Estado.

Feliz semana a todos.


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